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15/2/15

No sólo de amor se vive...



Hola, Finuc@s!

Este domingo el post es totalmente sorpresa, vamos que ha sido sorpresa hasta para mí, porque hasta hace unos minutos no lo he tenido decidido y preparado para publicar.  Pero he pensado que era la mejor manera de terminar esta semana de posts tan amorosos por doquier: enseñaros la receta con la que he celebrado mi San Valentín, y con la que he estrenado el mantelito que os enseñé en el post del miércoles, y que tanto éxito tuvo!
Por muy enamorad@s que estemos, es verdad que no sólo de amor se vive, y que al estómago hay que conquistarlo también.  
Ya sé que mi blog no es un blog de recetas y que, normalmente,  acostumbro a centrarme en la temática de mi costura, pero alguna vez, en algún tag de los que he participado, he contado que uno de mis platos favoritos (y que me sale de perlas, aunque esté feo decirlo...) es el hojaldre de merluza y gambas, y algun@s me habéis preguntado cómo lo hago y cómo sale de rico.  Bueno, pues os puedo explicar cómo lo hago yo, pero probarlo...  eso va a ser más difícil!  Aunque si os animáis y seguís los pasos, os aseguro que os vais rechupetear los dedos!!




Para empezar, necesitaremos masa de hojaldre (yo la compro fresca en lugar de congelada, porque es más fácil de manejar y más rápida, porque no tienes que esperar a que se descongele), cebolla picadita, un brik de nata para cocinar, un filete limpio de merluza (que podéis sustituir por cualquier otro pescado), y entre 8 y 10 langostinos cocidos.  Alguna vez le he puesto gambas peladas crudas, pero el langostino cocido le da más sabor.  Y por supuesto, un poquito de aceite para sofreír, un pellizco de sal y otro de pimienta negra.




Después de trocear la merluza y los langostinos (que dejamos apartados un momento), sofreímos la cebolla y cuando esté pochadita le añadimos el pescado y el marisco y le damos unas vueltas hasta que se haga un poco.




Durante ese tiempo de salteado,  salpimentamos al gusto.




Ahora es el momento de añadir la nata líquida para cocinar, en cantidad suficiente como para que cubra el sofrito, y lo dejamos cocer para que reduzca un poco.




Mientas que la salsa se va reduciendo, preparamos la masa de hojaldre, estirándola con un rodillo  y espolvoreando un poco de harina para que no se pegue.




Esta vez, como se trataba de una cena para dos, he utilizado sólo una lámina, que, dividida en cuatro partes, sirve para dos raciones, pero cuando he cocinado este plato para otras ocasiones con más invitados, he ido añadiendo más láminas según las raciones que necesitara, y lo mismo con la cantidad de relleno.




Como véis, no soy muy "técnica" en cuanto a medidas, cantidades y proporciones: igual que me pasa con la costura, lo hago todo un poco por intuición, a "ojo de buen cubero", así que os recomiendo que hagáis lo mismo, y calculéis las cantidades más o menos a vuestro gusto personal.




Ya es el momento de empezar a rellenar, así que cogemos dos cuartos de la lámina para la parte de abajo y los colocamos en una fuente de horno sobre el papel especial para hornear.  Repartimos el relleno por encima de los dos, vigilando de que no se derrame mucho para poder cerrar después con la lámina de arriba.




Tapamos con los otros dos cuartos de la lámina de hojaldre y con un tenedor sellamos los bordes, aunque este punto no es imprescindible: se puede dejar simplemente superpuesta una lámina sobre la otra, y al hornear se levantará más el hojaldre, se quedará más "inflado", lo cual está bien también.




Preparamos un huevo para batir.  Hay quien separa la yema de la clara y bate sólo la yema: yo bato las dos cosas juntas.  Esto también va a gustos.  Y para extender el huevo batido sobre el hojaldre uso una brocha de silicona que va...¡requetebién!  Antes lo hacía con una brocha de pintor que compré y reservé únicamente para la cocina y, cuando la usaba,  parecía que estaba barnizando...  Afortunadamente encontré ésta que funciona mucho mejor.




Una vez extendido el huevo batido con la brocha, metemos el hojaldre en el horno precalentado a 180 grados durante unos veinte minutos, o mejor lo vamos vigilando, y  lo sacamos cuando veamos que va cogiendo el color doradito y la masa se ha inflado.




Y...¡ya está!  Como habéis visto, no es una receta nada difícil y además muy rapidita de hacer (en unos 30 minutos más o menos está lista), y, como yo digo, es "caballo ganador", ¡no falla nunca!  Yo no soy nada cocinillas, la cocina no me atrae especialmente, y quizás por eso me veo tan rara escribiendo un post de cocina, pero ésta es una de las pocas cositas que hago que me sale de rechupete.
Aquí veis el resultado, estrenando mi mantelito romántico, con una botella de cava (porque la ocasión lo merece) y con una tarta de chocolate para el postre que mi marido me regaló, porque sabe que el chocolate me pierdeeee!!!  Desde luego es una forma más dulce de terminar una velada de San Valentín que hacerlo fregando platos, ¿no?

Así le pongo el punto y final a esta semana romántica, que por el estómago también se conquista, dicen...  Espero que os haya gustado la receta, y que, si la probáis, me contéis qué os ha parecido.  Yo os hubiese invitado, de verdad, pero... Ah, y muchas gracias a Judit, mi peque, que ha estado ejerciendo de fotógrafa porque su madre no daba a basto a hacerlo todo!  Sólo me faltaba tener más brazos que un pulpo...
Os mando muchísimos besos, querid@s, y os agradezco un montón que hayáis pasado conmigo este ratito de domingo.  Chao!

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